Cuando la narrativa pesa más que los hechos
Cada época tiene una forma distinta de construir la realidad.


Cada época tiene una forma distinta de construir la realidad.
Foto: Cortesía
Hubo un tiempo en que esa realidad la definían los periódicos. Después la televisión. Hoy, en cambio, la construyen las redes sociales. Y las redes tienen una característica peligrosa: no siempre gana la verdad; muchas veces gana la narrativa.
En estos días hemos visto una aparente campaña de rechazo contra Lionel Messi. Basta abrir X para encontrar videos, memes, acusaciones, burlas y críticas que parecen sugerir que el mundo entero está cansado de él.
Pero ¿es realmente así? No necesariamente.
Los estadios continúan llenándose para verlo. Sus camisetas siguen entre las más vendidas del mundo. Millones celebran cada uno de sus goles. Las encuestas de popularidad continúan colocándolo entre los deportistas más admirados del planeta.
Entonces, ¿por qué la sensación es otra?
Porque las redes sociales no siempre reflejan la realidad. Reflejan aquello que genera más interacción. Y pocas cosas producen más interacción que la indignación.
Las plataformas premian el conflicto. Un mensaje equilibrado rara vez se vuelve viral. En cambio, una acusación exagerada, una teoría conspirativa o una descalificación rotunda recorren el mundo en cuestión de minutos. No porque sean ciertas, sino porque provocan emociones.
Así nacen las narrativas.
Una narrativa no necesita convencer a todos. Solo necesita repetirse lo suficiente para parecer verdadera.
Lo hemos visto en la política, en la economía, en los conflictos internacionales y ahora también en el deporte. Poco a poco dejamos de discutir los hechos y comenzamos a discutir la historia que alguien logró instalar.
El riesgo es enorme.
Cuando una narrativa se impone, los datos empiezan a importar menos que las percepciones. Las evidencias dejan de ser el punto de partida y pasan a convertirse en simples argumentos para defender la versión que cada quien ya decidió creer.
Quizá por eso hoy sentimos que vivimos en un mundo cada vez más polarizado. No porque existan más diferencias que antes, sino porque los algoritmos nos muestran una realidad fragmentada, diseñada para confirmar nuestras propias creencias.
Messi es apenas un ejemplo.
Mañana será un político. Un artista. Un empresario. O cualquier persona que se convierta en tendencia.
La pregunta ya no debería ser si la narrativa es verdadera o falsa.
La verdadera pregunta es quién la está construyendo... y por qué nosotros estamos tan dispuestos a creerla.
Porque las narrativas no aparecen de la nada.
Alguien las inicia. Alguien las alimenta. Y miles de personas las amplifican, muchas veces sin darse cuenta.
A veces el objetivo es político: desacreditar a un adversario o fortalecer una causa. Otras veces es económico: una publicación que despierta indignación genera más clics, más comentarios, más reproducciones y, en consecuencia, más ingresos. En ocasiones, incluso, basta el deseo de ganar seguidores. En las redes sociales, la polémica suele ser más rentable que la verdad.
Y luego entramos nosotros.
Compartimos un video sin verificarlo. Repetimos una frase porque "todo el mundo la está diciendo". Comentamos una publicación sin preguntarnos quién la hizo, qué interés puede haber detrás o si existen datos que la respalden.
Sin darnos cuenta, dejamos de ser espectadores para convertirnos en parte de la maquinaria que mantiene viva esa narrativa.
Tal vez por eso la pregunta más importante ya no sea si estamos de acuerdo o no con Messi.
La pregunta es otra:
¿Quién quiere que yo piense esto?
¿Quién gana si millones de personas creen esta historia?
¿Estoy reaccionando a los hechos... o a una percepción cuidadosamente construida?
El mayor desafío de nuestro tiempo no es acceder a la información. Es aprender a distinguir cuándo alguien intenta informarnos... y cuándo intenta dirigir nuestra manera de pensar.
Porque este fenómeno no se limita al deporte.
También explica por qué hoy muchos gobernantes sienten que gobiernan dos países al mismo tiempo: el país real y el país de las redes sociales.
No siempre coinciden.
Puede haber obras, cifras o resultados que pasan inadvertidos porque una narrativa distinta ocupa toda la conversación pública. Del mismo modo, un error, una frase desafortunada o un video de treinta segundos pueden terminar definiendo meses de gestión.
Porque las narrativas tienen un enorme poder: seleccionan qué vemos, qué ignoramos y, muchas veces, hasta qué sentimos.
Por eso, antes de compartir una publicación, indignarnos por un video o asumir que "todo el mundo piensa igual", quizá valga la pena hacernos una pregunta sencilla:
¿Estoy viendo la realidad... o la versión de la realidad que alguien logró instalar?
En una democracia, el mayor peligro no es que existan distintas narrativas. Es dejar de contrastarlas con los hechos.
Porque cuando la narrativa sustituye a la evidencia, la opinión pública deja de ser un espacio de reflexión y se convierte en un campo de batalla donde vence quien logra contar la historia más convincente, aunque no sea verdadera.
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Mayra Navarro
ColumnistaPeriodista y escritora

