Cuando la rivalidad deja de ser profesional


En el mundo laboral existe una realidad de la que pocas veces se habla con franqueza: los celos profesionales existen; también existen la antipatía sin una razón aparente, la competencia mal entendida y, en algunos casos, el intento de cerrar oportunidades a quien comienza a destacar.
Reconocer esta realidad no significa asumir que toda dificultad laboral nace de la mala intención. En cualquier espacio de trabajo pueden surgir diferencias de criterio, estilos distintos de liderazgo, desacuerdos profesionales o simplemente personas con las que no existe afinidad. Eso es parte de la convivencia humana y profesional, en muchos de los casos decimos no pasa nada pero con el tiempo te vas dando cuenta que si pasa.
El problema aparece cuando esas diferencias trascienden lo laboral y se convierten en obstáculos personales.
Hay quienes pueden sentirse amenazados cuando un compañero sobresale, recibe una oportunidad o demuestra capacidades que ellos perciben como una competencia. En lugar de responder con preparación y profesionalismo, buscan desacreditar, excluir, minimizar los logros ajenos o intentar impedir que esa persona avance con cualquier tipo de excusa.
También existe el fenómeno de no caerle bien a alguien sin que exista una causa concreta y en otros casos es obvio que sabemos el motivo de no caerle bien. No siempre habrá una explicación y tampoco tenemos la obligación de agradarle a todo el mundo. La madurez profesional consiste precisamente en aprender a trabajar con personas con las que no existe afinidad, sin convertir las diferencias personales en conflictos laborales.
Pero hay una frontera que no debería cruzarse cuando la intención deja de ser competir y pasa a ser perjudicar y boicotear el trabajo.
Cerrar puertas, difundir rumores, apropiarse del trabajo de otros, obstaculizar oportunidades o utilizar posiciones de poder para limitar el crecimiento de un compañero no es competencia profesional, es una conducta que perjudica los ambientes laborales y termina afectando a toda una empresa.
Sin embargo, también debemos ser objetivos; antes de señalar a alguien como enemigo o atribuirle malas intenciones, es necesario preguntarnos si existen hechos que respalden esa percepción.
No todo rechazo es persecución, no toda crítica es envidia y no todo desacuerdo es una conspiración.
La vida profesional exige aprender a distinguir entre una diferencia y una conducta descaradamente dañina.
Porque al final, nadie puede controlar completamente las intenciones de los demás, pero sí puede decidir cómo actuar frente a ellas.
Los CELOS PROFESIONALES SI EXISTEN. La competencia mal entendida también. Incluso existen personas capaces de intentar cerrar caminos ajenos. Pero reconocerlo no significa vivir a la defensiva. Significa entender que en cualquier profesión habrá quienes celebren nuestros logros, quienes sean indiferentes y quienes preferirían que no avanzáramos.
La verdadera diferencia está en no permitir que la conducta de otros determine quiénes somos ni hasta dónde estamos dispuestos a llegar.
En el ámbito profesional, competir debería significar superarse, no destruir al otro. Y cuando alguien necesita cerrarle el camino a los demás para poder avanzar, quizá el problema no está en la competencia, sino en la inseguridad con la que enfrenta su propio camino. El universo es tan grande que para todos hay espacio.
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Daniel Oquelí
ColumnistaPeriodista de profesión, con experiencia en televisión, producción de contenidos informativos y televisivos.





