La odisea y el hombre que rompió el mundo
Más allá de la leyenda del héroe: la reconstrucción de Nolan sobre la caída de un hombre que destruyó las reglas del mundo antiguo para ganar una guerra.



Foto: Cortesía
Desde hace más de tres mil años se sigue contando la misma Odisea. La del soldado astuto que después de ganar una guerra solo quiere volver a casa, y en el camino pelea con un cíclope, se tapa los oídos para no caer con las sirenas, escapa de una bruja y de una diosa que lo enamora. La aventura del regreso. El viaje. Diez años de obstáculos entre un hombre y su cama. Esa es la Odisea que te venden: un cuento sobre la perseverancia, sobre lo lejos que un tipo es capaz de llegar para volver a abrazar a su esposa y a su hijo.
Y por eso mismo me gusta lo que hizo Nolan, porque su película no es sobre un hombre volviendo a casa. Es sobre un hombre que rompió el mundo y tuvo que vivir con eso.
Toda la película está construida alrededor de una idea que Homero apenas menciona y que Nolan pone en el centro: la xenia, la ley de la hospitalidad, lo que en la película llaman una y otra vez "La Ley de Zeus". La obligación sagrada de recibir al extraño, de no hacerle daño al que llega a tu puerta, porque cualquier mendigo harapiento podría ser un dios disfrazado. Es, básicamente, la regla de oro dos mil años antes de que Jesús la firmara: Traten a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. Es la regla más básica de ese mundo, el pegamento invisible que mantiene civilizaciones enteras funcionando. Y Odiseo, el hombre más listo de todos, la usó como cebo.

Ahí está la escena que sostiene la película entera: el caballo. No como el truco genial que te enseñaron, sino como lo que fue realmente, una traición vestida de regalo. Odiseo deja un caballo enorme en las costas frente a las murallas de Troya y deja también a Sinón, un pastor de Ítaca al que mandó a la guerra en lugar de Antínoo, un chico al que mantiene en la oscuridad sobre el plan y sacrifica sin remordimiento. Los troyanos, cumpliendo la ley de Zeus, aceptan el regalo. Reciben al extraño. Hacen exactamente lo que su mundo les dice que es correcto. Y por hacer lo correcto, mueren todos y la ciudad es destruida.
Ese es el pecado original de la película, y Odiseo lo sabe. Su duda no es "¿cómo vuelvo a casa?", es "¿valió la pena?". Recuperar a Helena, que cuando por fin la ves tiene la cara desfigurada por cicatrices, nunca fue el punto. El punto eran las rutas comerciales. Una guerra de diez años por unos números, y para ganarla Odiseo quebró la única regla que ningún hombre estaba dispuesto a romper. Y cuando se rompe esa, se rompen todas. Ya no hay nada sagrado.

Lo hermoso es que Odiseo cree que desafió a los dioses, y termina siendo un Sísifo. Cada intento de imponer su voluntad lo hunde más. Le dispara una flecha al cíclope por puro orgullo, y esa flecha le cuesta la vida a más de sus hombres. Huye de los lestrigones, esos gigantes de armadura de hierro que la película filma como la versión más brutal y sin alma de sus propios soldados, armaduras moviéndose solas en la niebla.
Es un hombre terco que arrastra a su tripulación entera a la muerte porque no sabe soltar. Indirectamente los mata a todos. Y no es hasta que empieza a ceder el control (pedirle ayuda a Circe en vez de matarla, rendirse a Poseidón en las costas de la isla de Calypso) que el viaje avanza. Creyó que desafiaba a los dioses y todo pasó exactamente como los dioses querían. Solo cuando rinde el control vuelve a Ítaca. El viaje entero es la lenta y humillante entrega de un hombre que pensó que podía ganarle al mundo.
Hay un detalle de casting que me da gracia y que dice más de lo que parece: Hollywood lleva años queriendo que Matt Damon vuelva a casa. Lo fueron a rescatar en Saving Private Ryan, lo dejaron tirado en Marte en The Martian, lo abandonaron en un planeta helado en Interstellar, y ahora lo mandan a cruzar el Mediterráneo en La Odisea. Damon lo interpreta como un soldado consciente, cargando la culpa más que presumiendo la astucia. Su defecto no es la maldad, es el orgullo, y ese orgullo es el que enciende todo el viaje: es el hombre demasiado terco para soltar, y por eso los dioses lo obligan a hacerlo a la fuerza, isla por isla, muerto por muerto.
La película no te deja adivinar, te lo confirma en la cara: los griegos que invadieron Troya son los pueblos del mar. No una metáfora, no una lectura forzada. El propio Odiseo lo admite. Esos invasores que roban, queman y arrasan sin respeto por ninguna ley de dioses ni de hombres, los bárbaros que todo el mundo temía, resultan ser ellos mismos. El monstruo que aterraba al Mediterráneo tenía la cara de los héroes que ganaron la guerra.
Ahí se cierra todo. Los griegos que ganaron la guerra no volvieron como héroes, volvieron convertidos en el monstruo que temían. Al romper la ley más básica de su tiempo, se volvieron gente sin ley. Odiseo lo admite al final: quemar las murallas de Troya fue quemar el mundo entero. La película no es sobre el fin de un viaje, es sobre el fin de una era, el momento exacto en que la Edad de Bronce, con su cortesía, sus reglas de hospitalidad y sus dioses, se derrumba en la Edad de Hierro, donde el fin justifica cualquier medio. La decencia humana se perdió en el intento de tomar una ciudad por unas rutas comerciales. Y el hombre más listo del mundo fue quien apretó el gatillo.

Es la misma obsesión de siempre de Nolan, la de Oppenheimer: un genio tan enamorado de su propia invención que no se detiene a pensar en la reacción en cadena que va a destruirlo todo. Solo que acá lo cuenta con una marioneta de dieciocho metros para el cíclope, con soldaditos de látex comestibles inspirados en el Saturno de Goya para la escena en que Polifemo devora a la tripulación, con Circe deformando hombres en cerdos con las manos.
Nolan usa el CGI como herramienta, nunca como medio, y por eso su película se siente como esas epopeyas de los cincuenta, Ben-Hur, Los diez mandamientos, Lawrence de Arabia, cine que pesaba porque de verdad estaba ahí. No es fiel a Homero ni pretende serlo. Es Nolan siendo lo único que siempre fue por encima de todo: un contador de historias. Casi treinta años de carrera y sigue encontrando maneras de mostrarte cómo se acaba un mundo. La Odisea es otra joya en su corona, al lado de Oppenheimer, Interstellar y The Prestige. Porque las mejores historias nunca fueron sobre gente buena volviendo a casa. Son sobre lo que un solo hombre es capaz de romper.

Compartir este artículo

José Alejandro Ajuria
ColumnistaIngeniero en Sistemas y Cinéfilo

