Una vida entre dos países: el hondureño que construyó su futuro en EE.UU. y ahora mira de nuevo hacia Honduras
La historia de Mariano Guzmán Argueta, un hondureño que tras 32 años en Estados Unidos enfrenta la incertidumbre y considera regresar a su país natal.




Foto: Mariano Guzmán Argueta. Foto: Cortesía
Durante más de tres décadas, Mariano Guzmán Argueta trabajó, reunió a su familia y construyó una casa lejos de Honduras. Hoy, a los 64 años, la incertidumbre sobre su permanencia en Estados Unidos lo obliga a pensar en el regreso y en todo lo que dejó atrás.
Cuando Mariano Guzmán Argueta dejó Colomoncagua, Intibucá, tenía 32 años. Hoy tiene 64 y una vida construida a miles de kilómetros de la comunidad donde creció.
Entre ambos momentos transcurrieron más de tres décadas de trabajo, sacrificios y separaciones familiares. También nació una nueva vida: una casa comprada con esfuerzo, ocho hijos reunidos en Estados Unidos y una comunidad hondureña a la que nunca dejó de ayudar.
Ahora, sin embargo, una pregunta vuelve a ocupar un lugar central en su vida: ¿qué pasará si tiene que regresar a Honduras?

Una protección que nació después de una tragedia
Mariano forma parte de la generación de hondureños que recibió el Estatus de Protección Temporal (TPS) después del huracán Mitch, uno de los desastres naturales más devastadores de la historia reciente de Honduras.
El huracán golpeó Centroamérica a finales de octubre de 1998. En Honduras dejó miles de muertos, desaparecidos y desplazados, además de una destrucción generalizada de carreteras, viviendas, cultivos e infraestructura.

Uno de los casos más dramáticos ocurrió en Morolica, Choluteca, donde las inundaciones y los deslizamientos sepultaron prácticamente toda la comunidad.
La tragedia también alcanzó a figuras públicas. El entonces alcalde de Tegucigalpa, César Castellanos, murió el 1 de noviembre de 1998 en un accidente de helicóptero mientras realizaba labores de inspección en zonas afectadas por el desastre.
En ese contexto, Estados Unidos designó a Honduras para el TPS el 5 de enero de 1999. La medida permitió que miles de hondureños permanecieran legalmente en ese país y obtuvieran autorización para trabajar.
Durante más de dos décadas, la protección fue prorrogada en distintas ocasiones.
Pero en 2025 el Departamento de Seguridad Nacional anunció la terminación del TPS para Honduras, abriendo una nueva etapa de incertidumbre para miles de personas que llevan buena parte de su vida en Estados Unidos.
Se estima que alrededor de 55,000 hondureños podrían verse afectados directamente.
Para muchos de ellos, el problema no consiste únicamente en perder una protección migratoria. También significa enfrentar la posibilidad de abandonar empleos, viviendas, negocios y familias construidas durante décadas.

La migración de Mariano comenzó dentro de Honduras
La historia migratoria de Mariano no comenzó en la frontera con Estados Unidos.
Antes de llegar a California tuvo que abandonar su comunidad en el occidente del país.
La situación de violencia vinculada al conflicto armado de El Salvador también repercutía en las zonas hondureñas cercanas a la frontera. Mariano recuerda haber recibido amenazas y haber tenido que desplazarse.
“Fuimos amenazados ahí por ambos bandos, tanto de la guerrilla como del ejército”, recuerda.
Tiempo después, en Potrerillos, Cortés, vivió otro episodio que marcó su vida. Fue detenido y golpeado después de ser confundido con un integrante de la guerrilla.
La falta de oportunidades económicas terminó de empujar su decisión de buscar otro destino.
Primero se trasladó dentro de Honduras. Después, tomó una decisión mucho más difícil: marcharse a Estados Unidos.
Dejó a sus hijos para buscar una oportunidad
En 1993, Mariano emprendió el viaje hacia el norte.
Dejó en Honduras a su esposa y a sus hijos. El mayor tenía 10 años; el menor, apenas nueve meses.
Se fue solo.
El trayecto fue largo y peligroso. Desde El Salvador avanzó junto a otros migrantes, atravesó Guatemala y después fue introducido en un tráiler utilizado para transportar bananos.

Pasó tres días y tres noches en el interior del vehículo, prácticamente sin comida, hasta llegar a Puebla, México.
Según recuerda, logró atravesar México en nueve días.
Después llegó a Estados Unidos.
No lo esperaba una casa ni un empleo estable.
Lo esperaba empezar de cero.
Dormir casi en la calle y comenzar desde abajo
Mariano se instaló en el área de San Francisco, California.
Los primeros trabajos fueron los que consiguió.
Hizo labores de jardinería, pintura y trabajos en techos.
“Casi dormí en la calle”, recuerda al hablar de aquellos primeros días.
Más tarde encontró empleo en restaurantes. Comenzó lavando platos, pasó a limpiar cocinas y finalmente trabajó como cocinero.
Era una etapa de supervivencia.
La prioridad era trabajar y enviar dinero a Honduras mientras intentaba construir una vida en un país desconocido.
El TPS cambió su vida laboral
La llegada del TPS representó un punto de inflexión.
Para Mariano, tener autorización para trabajar y un número de Seguro Social significó acceder a empleos más estables.
Entró al sector de la construcción y posteriormente encontró trabajo en una empresa recolectora de basura.
Allí permaneció durante 19 años, entre 2000 y 2019.
Fue conductor y recolector.

El trabajo era físicamente exigente y con el paso de los años terminó afectando su salud física.
“Mis rodillas ya no respondieron”, cuenta.
En 2019 tuvo que someterse a un reemplazo total de ambas rodillas.
Después de tantos años de trabajo pesado, dejó ese tipo de empleos y comenzó a depender de un programa de incapacidad.
La casa que representa una vida de esfuerzo
Uno de los mayores logros de Mariano llegó en 2008, cuando compró una vivienda en San Pablo, California.
La casa representa mucho más que una propiedad.
Es el resultado de años de trabajo y de una vida construida lejos de Honduras.
Todavía debe alrededor de 57,000 dólares para terminar de pagarla.
También construyó un pequeño apartamento que utiliza para generar ingresos.
Ahora, la incertidumbre migratoria le plantea una preocupación diferente: cómo proteger aquello que consiguió construir durante décadas y garantizar que su familia pueda conservarlo.
Una familia que volvió a estar junta
Cuando Mariano salió de Honduras dejó a siete hijos.
Con el paso de los años logró reunirse con ellos en Estados Unidos.
Actualmente tiene ocho hijos.
La familia que alguna vez quedó separada por la migración volvió a encontrarse, pero la reunificación tuvo un costo: años de distancia y momentos familiares que no pudieron vivir juntos.
Por eso, para Mariano, un eventual regreso a Honduras no significa simplemente regresar al lugar de donde salió.
Significa volver a una parte de su historia.

La promesa que mantuvo desde la distancia
Aunque su vida se desarrolló en California, Mariano nunca rompió completamente sus vínculos con Honduras.
En La Ceibita, una comunidad de San Antonio de Cortés, hizo una promesa antes de emigrar: ayudar a los niños de su comunidad.
Durante años ha colaborado con actividades para los menores, celebraciones comunitarias y distintas iniciativas locales.
Pero uno de sus proyectos más importantes fue la recuperación de la escuela de La Ceibita.
El edificio se había deteriorado con el paso del tiempo. El techo necesitaba reparación y la infraestructura requería una intervención.
Hace dos años Mariano decidió comenzar su reconstrucción.
Buscó apoyo entre amigos que viven en Estados Unidos y, con esas contribuciones, logró recuperar parte de la infraestructura.
“Lo que más me ha satisfecho a mí es ayudar a los niños de la escuela”, afirma.
En esa frase hay algo que va más allá del dinero: la necesidad de devolver a su comunidad una parte de lo que logró construir lejos de ella.
Volver a tocar la tierra que dejó
Mariano ya ha regresado a Honduras en los últimos años.
Volvió a su comunidad.
Sembró plátanos y limones.
Volvió a caminar por los lugares que dejó cuando tenía 32 años.
También tiene una casa en su comunidad, pensada para compartirla con sus hijos.
Tiene tres habitaciones, una sala amplia, corredor, cocina y espacios para reuniones familiares.
Es una vivienda que representa una posibilidad: volver algún día, pero bajo sus propias condiciones.
“Siempre he querido regresar a Honduras, pero a pasear y a disfrutar de lo que nosotros hicimos acá en este país”, explica.
Una vejez entre la tierra y la familia
A sus 64 años, Mariano sabe que ya no tiene la misma fuerza que cuando llegó a California.
Si regresa definitivamente, imagina una vida sencilla.
Piensa en comprar algunas vacas, trabajar la tierra y mantenerse activo.
“No envejecer sentado”, resume.
No habla de grandes negocios ni de acumular riqueza.
Habla de una vejez digna, rodeado de su familia y de la tierra que dejó atrás.

El regreso también implica proteger lo construido
La incertidumbre migratoria ha llevado a Mariano a pensar en un aspecto que muchas veces queda fuera de las discusiones sobre migración: qué ocurre con los bienes que los hondureños construyen después de décadas de trabajo en el extranjero.
Cuenta que conoce casos de migrantes que enviaron dinero durante años para comprar terrenos o construir viviendas y que, al regresar, descubrieron problemas con documentos o con personas a quienes habían confiado la administración de sus bienes.
Por eso recomienda a los migrantes mantener sus documentos en orden, organizar sus propiedades y buscar asesoría legal confiable.
En su propio caso, intenta encontrar mecanismos para proteger los bienes que ha construido y garantizar que su esposa e hijos puedan conservarlos.
Su experiencia le dejó una enseñanza: trabajar durante años es importante, pero también lo es planificar qué ocurrirá con aquello que se ha conseguido.
“Que no lleguen con las manos vacías”
El mensaje de Mariano no se dirige únicamente a los hondureños beneficiarios del TPS.
También piensa en quienes permanecen en Estados Unidos sin una protección migratoria permanente.
Su recomendación nace de su propia experiencia: trabajar, ahorrar y evitar gastos innecesarios.
“Que se dediquen a trabajar y ahorrar lo más que puedan”, aconseja.
También considera importante mantener control sobre el dinero y organizar desde Estados Unidos los recursos que puedan necesitar si algún día deben regresar.
Para una generación que pasó décadas trabajando lejos de Honduras, el regreso no se reduce a comprar un boleto de avión.
También implica decidir qué hacer con una vida construida en dos países.
Una vida que nunca terminó de irse
Mariano ya no es únicamente aquel hombre que salió de Colomoncagua a los 32 años.
Tampoco es solamente el migrante que llegó a California sin conocer a nadie y comenzó lavando platos.
Es ambas historias al mismo tiempo.
Es el hombre que atravesó México en un tráiler.
El trabajador que pasó 19 años recogiendo basura.

El padre que logró reunir a sus hijos.
El propietario que todavía paga su casa.
Y también el hondureño que, desde miles de kilómetros de distancia, continuó ayudando a los niños de una comunidad que nunca dejó de considerar suya.
Su historia comenzó con una huida y continuó con la búsqueda de estabilidad.
Después se convirtió en una vida entera construida en California.
Ahora, cuando se acerca a los 65 años, Mariano vuelve a mirar hacia Honduras.
No sabe exactamente cuándo regresará ni en qué circunstancias.
Pero sabe dónde está su casa.
Sabe dónde quiere sembrar.
Sabe cómo quiere envejecer.
Y, después de más de tres décadas fuera, sabe algo más: hay una parte de él que nunca terminó de irse de Honduras.

Compartir este artículo






